Luis Chinovsky

Del tingo al tango

A veces no sé qué mano usar.

SI ES QUE HAY

Escrito por luischinovsky 19-03-2018 en INTRODUCCIÓN. Comentarios (0)

Si es que hay un título para este blog, prefiero omitirlo. Espero no ser el único en tener problemas para nombrar las cosas; este espacio no está destinado para exactitudes o verdades. Las aproximaciones convergentes en este sitio, espero, lleguen a sus pantallas porque así lo han querido. 

Todos hablan de la gama infinita que nos proporciona el Lenguaje; completemos esos peldaños que nos acercarán a la inmensidad literaria. Digitalicemos nuestros pensamientos y llevémoslos a otro nivel. 

Bienvenidos sean todos.

POR FIN APRENDÍ A PRONUNCIAR

Escrito por luischinovsky 10-03-2018 en 0.0. Comentarios (0)

Por fin aprendí a pronunciar todas las palabras que no había podido articular. Me había negado a su existencia, mas con el hervor de los años, las palabras se calentaron demasiado hasta evaporarse y convertirse en algo más. Hubo una reconfiguración. Ni yo me reconocía, empapado.

¿Quién imaginaría semejante perturbación en el tiempo y en el espacio y en las miradas de todos? Cuando la imagen está dada ya, nada es cuestionable, hasta que uno mismo se encarga de romper esas declaraciones que rondan por todas partes. Un yo que nada tiene que ver con el yo de ahorita ni con el yo de ninguna hora, ni de ningún lugar, logró colapsar consigo mismo, ¿conmigo mismo? ¡Sabrá Dios!

 Diecinueve años me las arreglé bien para mantener una imagen de apacibilidad, de despreocupación, de ternura silenciosa. Después ni una, ni otra. Me salí del guacal y cuando pude pronunciar mi primer sílaba con rabia, me brotó sangre cuajada entre bilis. Y conforme iba aprendiendo más sílabas y palabras, el enojo destilaba ácido a mis entrañas; arrasaba con todo por dentro, pero también por fuera. Mis mundos despedían un dolor y un olor que poco se parecía a éste, del que gozas sentado leyendo. Los basureros nunca han olido bien.

(No sólo aprendí la palabra Ira; aprendí la más hermosa y la más violenta de todas las construcciones semánticas enfrascada en cuatro diminutos sonidos: amor. Me quedó escrita en forma de cicatriz, a un costado derecho, bajo las costillas; el frasco a veces se rompe). Y se derramó toda mi bilis por los cuartos del hospital, hasta salir por la puerta, impregnando de hiel todo lo que me rodeaba: calles, avenidas, los camiones, mi casa. Todo lo que me conforma.

Con ímpetu, incursioné en el camino de la pronunciación -o por lo menos, los discursos que me habían permeado hasta ese momento, se me iban  desprendiendo en forma monoaural ampliada por mi lengua-, parecían gritos u otra cosa . Dejé de ser el hermético niño tierno para ser algo que nada tiene que ver con Luis, el que jugaba Metita a los ocho años con su pista de carreras empolvada por el gis. Comencé, es decir, comenzó a asir la palabra. Hablaba con todo mundo. Hablaba y ataba palabras y oraciones; a veces les hacía  nudos de más y llegaba a confundir a la gente.Yo también me confundía.Tenía que volver a empezar. Tengo que volver a empezar. Mis hilos parecen no tener principio ni fin; no quiero ser un vil collar perla-mar, de esos que llevan las damas cada domingo, en la tarde, al pasear por el Palacio de Bellas Artes.

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